Desde el accidente ferroviario de Urda, no dejo de pensar en las personas que han perdido la vida y en las familias que hoy tienen que enfrentarse a una ausencia irreparable.
Conocía personalmente a más de una de las víctimas. Y cuando detrás de una noticia hay rostros, recuerdos y personas a las que has querido o apreciado, el dolor se vuelve mucho más cercano.
Siento una tristeza inmensa. Pero también rabia e impotencia.
Porque hay tragedias ante las que no basta con lamentar lo ocurrido.
Necesitamos saber qué falló, por qué falló y qué se podría haber hecho para evitarlo.
Las familias merecen respuestas. Merecen conocer toda la verdad. Y merecen que se depuren las responsabilidades que correspondan.
No podemos devolverles a sus seres queridos. Pero sí tenemos la obligación de hacer todo lo posible para que algo así no vuelva a suceder.
Hoy quiero recordar, por encima de todo, a quienes ya no están.
Y acompañar, con todo mi cariño, a quienes tendrán que aprender a vivir sin ellos.
Que su recuerdo no se pierda. Y que su pérdida no quede sin respuestas.