A veces, el espectáculo no está solo en el cielo

Ayer salimos en barco desde el Puerto de Andratx en Mallorca para ver el eclipse, rodeados de la mejor compañía. Fue un espectáculo extraordinario, pero confieso que no sé qué me impresionó más: el eclipse o la cantidad de barcos que llenaban el mar.

Porque una cosa es contemplar un eclipse y otra muy distinta es vivir la experiencia que se crea a su alrededor: la expectación, las conversaciones, el silencio compartido y cientos de personas mirando juntas hacia el cielo.

Al observar aquella imagen pensé que un mar lleno de barcos se parece a una montaña llena de árboles.

Y también pensé qué pena que, tantas veces, el mar esté tan vacío.

Me gustaría verlo más vivo: navegado, disfrutado, conocido y, por supuesto, respetado. Porque cuando nos acercamos al mar, cuando aprendemos a quererlo y entendemos todo lo que nos aporta, también nace con más fuerza el deseo de cuidarlo.

El eclipse fue inolvidable. Pero la experiencia —el lugar, las personas y aquel horizonte lleno de barcos disfrutando de lo mismo que nosotros— lo convirtió en algo verdaderamente único

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