Reniega de la suerte, pero el azar ha marcado parte de su vida. No predominó en los instantes que definieron los títulos, más bien en su acercamiento a la vela. El primer contacto de Theresa Zabell (Ipswich, Reino Unido, 1965) con este deporte estuvo lejos de ser idílico. Pero un curso con sus amigas, cuando se iba a cambiar de colegio, fue un flechazo inesperado.
El destino, en realidad, ya se había encargado de convertirse en un guionista de envergadura. Zabell, de padres británicos, se trasladó a España junto a su familia a los meses de nacer y lo hizo en barco. Por entonces desconocía que las embarcaciones la convertirían en una de las mejores deportistas del país.
Zabell integra —junto a Rafa Nadal, Gervasio Deferr, Saúl Craviotto, Joan Llaneras y Luis Doreste— la lista de los bicampeones olímpicos. Lo hizo en la clase 470 de vela, primero con Patricia Guerra en Barcelona 1992. Y repitió con Begoña Vía-Dufresne en Atlanta 1996.
Nos recibe en su despacho en la Fundación Ecomar, que cuida el mar desde 1999 para crear un futuro más limpio y saludable del planeta. Aunque es la presidenta, no hay imposiciones, al contrario. Pregunta qué puede ofrecernos y se adapta al lugar en el que queramos charlar.
El despacho está repleto de acreditaciones, entre ellas la de los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Y de galardones que le han concedido. Tras la charla, ella misma nos acompaña hasta la puerta para despedirse. Antes, ha habido tiempo para conversar sobre toda su trayectoria a raíz de la publicación de su autobiografía, El poder de los cinco aros (Kolima Books, 2026).
P. Usted llegó a España en barco. Parece que el destino estaba escrito.
R. A España llegué en barco. Si te digo la verdad, no me acuerdo de mi llegada porque tenía meses y no tengo memoria de esos días. Es una pena porque lo que vivimos los primeros años de nuestras vidas enriquece mucho. Son momentos especiales que no recordamos. Yo llegué a Tenerife en barco y viví un año allí, pero mis primeros recuerdos son de Málaga.
P. ¿Cuáles son esos primeros recuerdos?
R. Recuerdo estar en la playa con mis hermanos haciendo castillos de arena, bañándonos… Me acuerdo del Mediterráneo, ese es mi primer recuerdo del mar.
P. ¿Es cierto que usted le tuvo miedo al mar cuando era pequeña?
R. No, miedo no, pero siempre le he tenido respeto. No creo que haya una persona que salga al mar y que no le tenga respeto, pues realmente no tiene razón de ser. Hay gente que dice que le da miedo el mar y yo les digo que eso no. Pero que respeto siempre. Si no le tienes respeto a un medio tan potente como es el marino, te puede pegar un buen susto.
P. ¿Le ha perdido el respeto al mar en algún momento?
R. Nunca. Lo sigo teniendo y espero seguir teniéndolo el resto de mi vida.
P. Su primer contacto con los Juegos Olímpicos fue en un viaje al que no quería ir.
R. Sí, fue el verano de 1976. Yo tenía 11 años y estaba en casa de una familia en Inglaterra que nos acogió a mi hermano mayor y a mí. En realidad, quería ir a ese viaje para conocer el país en el que había nacido. Pero, al mismo tiempo, sentí vértigo cuando me tocó despedirme de mis padres en el aeropuerto y subirme al avión. En la casa donde estaba, el padre era un señor estupendo y que preparaba juegos en el jardín.
P. Allí fue el encuentro fortuito.
R. Hubo una tarde en la que no salió al jardín y fui a buscarlo. Me lo encontré sentado en un sofá viendo la tele y estaban retransmitiendo los Juegos Olímpicos. Cuando le pregunté por qué no salía a la calle, me dijo que habían empezado. Por mi cara era evidente que no tenía ni idea de lo que era eso. Él me sentó en el sofá y me introdujo en el olimpismo. Desde aquel día estuve totalmente fascinada.
P. ¿Se fijó como objetivo participar en ellos o ni se lo planteó?
R. Tuve el sueño de estar un día allí, no tanto como objetivo, porque con 11 años, y aunque hacía mucho deporte, las chicas teníamos menos posibilidades de participar que los chicos. Aunque a los más jóvenes les suene raro, era la realidad de los tiempos que vivimos. No lo digo con ningún afán de crítica, simplemente como una revelación de lo que hemos avanzado en los últimos años. Tuve el sueño de estar allí, pero no lo convertí en objetivo hasta años más tarde.
P. ¿Cuando estaba en el túnel en Barcelona esperando para salir en el desfile?
R. Ese fue un momento muy emotivo. En realidad, lo convertí en objetivo cuando incluyeron la modalidad femenina para los Juegos Olímpicos. Fue entonces cuando ya pude ponerle fecha.
P. Antes hablaba de las diferencias entre el deporte masculino y el femenino. ¿Cuándo empezaron a reducirse?
R. El cambio se ha producido a lo largo de las últimas décadas. Hace 40 años, no estábamos invitadas a participar en la cita olímpica. En mi deporte, incluyeron una disciplina para Seúl 1988. En ese momento, había siete masculinas y una femenina. En Barcelona, incluyeron dos más y la diferencia era menor: tres frente a siete. La igualdad real, sin embargo, no la alcanzamos hasta París, cuando hubo el mismo número de pruebas de hombres que de mujeres.
P. ¿Pensó que el sueño de los Juegos Olímpicos se había convertido en utopía cuando no la convocaron para Seúl 1988?
R. Pensé muchas veces que ese sueño no se iba a hacer realidad: cuando no teníamos eventos para ir, cuando me costó conseguir un barco para navegar en 470 y me tuve que ir a Barcelona, cuando me dejaron fuera de Seúl… Tenía la impresión de que no se iba a hacer realidad.
P. ¿Cómo llevó no ser incluida en la lista de Seúl?
R. Muy mal, no te voy a engañar. Nunca entendí el porqué y no me explicaron nada. Si al menos te argumentan la decisión, aunque no la compartas, puedes comprenderlo y llevarlo mejor. No obstante, si miro en retrospectiva, aquello me hizo ser mucho más fuerte. Esa fortaleza fue la que necesité para superar las adversidades tanto en Barcelona como en Atlanta.
P. ¿Fue el impulso necesario para tener éxito en Barcelona?
R. No lo llamaría impulso, pero tengo que decirte que fue un aprendizaje muy importante. Me hice más fuerte y dura. A partir de ahí, supe que la vida no siempre es justa, pero te tienes que acostumbrar, amoldar y luchar con todo.
P. ¿Qué recuerda del oro de Barcelona?
R. Es como una nebulosa lo que vas recordando porque Patricia [Guerra] y yo llegamos como favoritas absolutas. De hecho, hubo un periódico que, el día antes de que empezaran, sacó un titular en el que decía éramos la medalla más segura del deporte español. Estábamos intratables, porque veníamos de ganar el Mundial y el Europeo. Además, teníamos muy clara nuestra estrategia. Pero tuvimos que cambiarla cuando nos descalificaron por un fuera de línea. Fuimos con la soga al cuello hasta el último momento.
P. ¿Ustedes también pensaban que era la medalla más segura?
R. No, porque si piensas que tu medalla es segura…
P. Vuelves a casa con la de palo.
R. Exacto, porque el exceso de confianza te puede pasar factura. Nunca me ha gustado llegar a un campeonato y pensar que mi medalla era segura. Sin embargo, llegaba pensando que tenía posibilidades, que había hecho todo lo posible para subirme a lo más alto del podio. Pero había que demostrarlo en la competición.
P. Barcelona 92 ha sido el mayor momento de felicidad de la España contemporánea. ¿Verdadero o falso?
R. Verdadero. Barcelona supuso un antes y un después en España, pero no solo a nivel deportivo, a nivel de país. Veníamos de ser un lugar poco conocido, donde incluso los deportistas mirábamos afuera y nos parecía que todo era mejor. De repente, nos pusimos al nivel del resto de las naciones del primer orden y competimos contra ellos.
P. José Manuel Moreno me dijo que hasta Seúl los deportistas se conformaban con clasificarse a la cita olímpica. ¿Qué cambió en esos cuatro años?
R. La planificación. Fue realmente buena porque se trajeron a técnicos extranjeros, se formaron técnicos españoles, se hizo una mezcla para que perdurasen en el tiempo… Entre todos nos educaron y concienciaron a los deportistas de que podíamos tener éxito. Cuando Moreno ganó la primera medalla, pensábamos que si él lo había conseguido, ¿por qué el resto no íbamos a poder? Fue contagioso.
P. «Quiero que sepan que podemos», dijo Moreno tras ganar. ¿Sus palabras fueron un impulso para el resto?
R. Evidentemente sí. Tengo que decirte que en esa época no teníamos la misma información que hoy en día y vivíamos bastante aislados de lo que estaba pasando. Te enterabas de las medallas porque alguien venía y te lo decía. El contagio se fue produciendo. Además, la vela es un deporte muy largo tanto en el horario del día como en el reparto durante los Juegos Olímpicos. Nosotros competíamos prácticamente en la totalidad del evento.
P. ¿Qué se hizo para que Barcelona 92 no fuera algo efímero?
R. Si ves los resultados de los organizadores en los Juegos Olímpicos, tienen siempre una gráfica similar: se produce un crecimiento importante cuando son anfitriones, pero luego suelen bajar a un nivel similar al que estaban ocho años antes. Nosotros pasamos de cuatro medallas en Seúl a 22 en Barcelona.
P. La tendencia se ha mantenido con los años.
R. Sí, porque en Atlanta bajamos a 17, no a cuatro. De hecho, nos hemos mantenido en una escala intermedia entre 18 y 20. Eso demuestra el cambio de mentalidad y toda la inversión que se hizo de traer talento del extranjero, que se amortizó de una manera muy positiva porque prepararon a técnicos españoles para que pudiesen darle el relevo.
P. El rey Felipe fue el abanderado en Barcelona. ¿Qué tal la convivencia con él?
R. Toda la delegación española convivió con el rey en Barcelona, pero el equipo de vela lo hizo los cuatro años anteriores porque hizo la preparación con nosotros. Felipe VI no apareció como un paracaidista en los Juegos Olímpicos, que es lo que muchos piensan. Él hizo lo mismo que el resto del equipo olímpico durante cuatro años. Fue un privilegio compartir esos momentos con él de una manera muy cercana, de compañeros y de tú a tú, porque él era un compañero más en esos entornos.
P. Titula el libro El poder de los cinco aros. ¿Cuál es ese poder?
R. Los cinco aros tienen mucho poder cuando los unes y cuando a cada aro le otorgas el significado necesario para tener ese conjunto. En ese conjunto, si defines bien tu sueño, aceptas la adversidad y trabajas en equipo con una buena estrategia, es cuando puedes transitar desde tu línea de salida a la de llegada. Y no solo hablo de una regata, sino de cualquier cosa que quieras plantearte en la vida.
P. ¿Usted se siente en deuda con el mar?
R. Todos estamos en deuda con el mar. En realidad, la gran mayoría de personas, al no transitar o no vivir en el mar, no son conscientes de ello. La única razón por la que hay vida en este planeta es porque hay océano. Si lo piensas, hay millones de galaxias, de universos, de planetas, pero solo hay uno con vida y es este. Si no tuviéramos el océano y vaciáramos todo el agua, este planeta sería como Marte. Y haría una temperatura tan increíble que no estaríamos ninguno de nosotros.
P. ¿Cuál es el mayor susto que tuvo en el agua?
R. Cuando estás en un medio natural como el mar tienes más de uno. Pueden ser una tormenta, que el barco vuelque, que dejes de ver a a las personas que tienes alrededor… De esos he tenido unos cuantos.
P. ¿Alguno que recuerde más que otro?
R. Uno que tuvimos en Atalanta cuando empezó una tormenta. Desgraciadamente, no estaba nuestro entrenador al lado con la lancha de apoyo, porque en esa época no estaba permitido que los técnicos estuvieran cerca de los atletas. Eso, de hecho, cambió a raíz de ese día. De repente te ves sola en medio del mar con unas condiciones muy adversas y lo pasas mal.
P. Relata en el libro que concluyó una competición a pesar de quedarse sin visión. ¿Cómo hacía para aguantar con ese dolor?
R. No lo sé, porque lo pienso ahora y me parece increíble. Lo cierto es que acabamos esa regata a pesar de que iba prácticamente ciega. Nada más cruzar la línea de meta, salté al barco de mi entrenador y dejé a Patricia sola. Me llevaron directamente a un hospital porque había perdido la vista.
P. Usted, de hecho, tuvo que lidiar con un dolor crónico durante años.
R. Sí, por una negligencia médica tras operarme las muelas del juicio. En esa operación, me desencajaron la mandíbula, me hicieron una luxación y, por un tratamiento inadecuado durante meses, se convirtió en una lesión crónica que me dio muchos dolores de cabeza, neuralgias, cefaleas… Sobrellevar eso durante mi carrera provocó que hubiera momentos en los que quisiera tirar la toalla.
P. ¿Qué rival es más duro, los otros regatistas o competir contra su propio cuerpo?
R. Sin duda competir contra una adversidad de ese estilo. Toda persona que ha tenido un dolor de cabeza muy fuerte sabe lo que es menguar tu vida, tu resultado y tu rendimiento. Si buscas un rendimiento algo y tienes este problema, es doblemente complicado.
P. Compitió en 470, modalidad en pareja. ¿Cómo es la convivencia con otra persona en un espacio tan pequeño?
R. Es cierto que el espacio es pequeño, pero salimos con unos objetivos muy concretos y sabemos lo que tenemos que mejorar esos días. No hay mucha discusión porque cada una sabe cuál es su rol y lo que tiene que hacer. A veces es más difícil la convivencia en tierra, pero yo tuve suerte con Patricia y Begoña [Vía-Dufresne] porque fueron unas compañeras estupendas.
P. ¿Cuál es la clave para que un tándem deportivo tenga éxito?
R. Tener muy claro qué es lo que se quiere conseguir. Conozco tripulaciones que no se llevan especialmente bien, pero que navegan estupendamente juntas y viceversa. En cuanto a la relación personal, si es buena, pues mejor; si no lo es, al menos debe ser llevadera.
P. ¿Es más fácil ser patrón o ser tripulante?
R. Siempre he sido patrón porque mi condición física no era para ser tripulante. Para mí es más fácil ser patrón, pero si le preguntas a Patricia o a Begoña seguramente sea más fácil ser tripulante. Cada persona desempeña su rol y lo hace lo mejor que puede.
P. ¿Cómo es la preparación física de un regatista?
R. Bastante exigente. Los que no han navegado se piensan que te sientas en el barco y que el viento te lleve, pero no hay nada más alejado de la realidad que eso. Realmente, el barco navega porque vas sujetando las velas y le sacas el máximo partido todo el tiempo. No vas a ganar una regata porque estás muy bien preparado físicamente. Pero la puedes perder porque cuenta la velocidad del barco, la táctica, la estrategia que implementes…
P. Al margen de entrenar, ustedes montaban su barco. ¿Qué tal ese proceso?
R. Un día normal de entrenamiento tenía una parte de preparación física en tierra, donde Begoña y yo íbamos dos horas al día. A eso tienes que sumarle la navegación, cuatro horas en invierno y seis en verano, cuando los días son más largos y cuentas con más horas de luz y viento. Y tienes toda la parte de preparación del material, lo que hacen los mecánicos de Fórmula 1 y de MotoGP nos tocaba hacerlo a nosotros. Es curioso que muchas personas aún conciban la vela como un deporte elitista.
P. ¿Hoy sería capaz de montar un barco desde cero?
R. Creo que sí, porque son de estas cosas que tienes muy implementadas en tu cabeza.
P. Igual que montar en bici.
R. Exacto, hay cosas que no se olvidan [risas].
P. ¿Por qué se sigue viendo en España a la vela como un deporte de pijos?
R. Porque la vela que más se conoce no es la olímpica ni la ligera, es la de barcos mucho más grandes que son evidentemente mucho más caros. En nuestro deporte puedes comprarte una tabla de 300 euros en Decathlon y de ahí para arriba, porque el límite es infinito. Muchas personas, por tanto, piensan que es un deporte poco accesible. Sin embargo, la vela ligera es un deporte que está prácticamente al servicio de cualquier persona. Además, no hace falta tener barco para empezar a navegar, hay muchos clubes náuticos que están abiertos al público. Eso te permite descubrir un deporte apasionante y muy educativo.
P. Ha hablado de Sant Cugat. ¿Por qué le costó la mudanza a Barcelona?
R. Cuesta porque tienes que salir de tu zona de confort, de tu casa, no sabes dónde vas a vivir y de qué… Son muchas incógnitas que vas aclarando por el camino. Ahora cogen a los deportistas, los alojan en el Centro de Alto Rendimiento y hay una metodología que el deportista puede acoger. Pero en esa época no la había.
P. Una de sus denuncias fue que las becas deportivas no estuviesen supeditadas al rendimiento.
R. No, no era realmente así.
P. ¿Cómo era entonces?
R. Las becas se daban si estabas dentro de los ocho primeros en la competición que se definía cada año, que solía ser un Europeo o un Mundial. Imagina que tú has ganado todas las competiciones de ese año, pero pinchas en esa y quedas noveno. Con el sistema de mi época no te correspondía beca para el año siguiente. Eso era lo que pasaba entonces. No había esa flexibilidad para valorar la trayectoria de la persona y eso ha cambiado.
P. ¿Qué importancia tiene el azar en la vida de un deportista? Usted llegó a la vela de manera fortuita.
R. Sí, me iba a cambiar de colegio y me apunté a un curso con mis amigas. Yo había hecho antes un pequeño curso que no me había gustado mucho porque había hecho mal tiempo, había pasado frío y hasta un poco de miedo. Me enamoré de la vela en ese segundo curso. En la vida las casualidades no existen, pasan porque sí. El azar cuenta bastante en lo que nos pasa en nuestra vida, pero al mismo tiempo construimos qué es lo que pasa por ese camino.
P. Usted no es defensora de la suerte. ¿No hace falta siquiera una pizca para ganar?
R. La suerte tiene que estar, es un ingrediente que necesitas en este potaje que vas cocinando a lo largo de varios años. Eso es un poco el poder de los cinco aros. Cuando defines un sueño, tienes que aceptar el precio de las adversidades que te vas a encontrar. Eso es algo que tú decides, no viene impuesto. Aunque hagas un deporte individual, no vas a ganar solo: necesitas apoyo técnico, económico, estrategia… El sazonador final es la suerte. Pero te digo que la suerte por sí sola no llega, suele aparecer cuando el trabajo y la oportunidad se cruzan.
P. Ha mencionado los medios económicos. ¿Se ganaba dinero en la vela?
R. No, no se ganaba dinero. Yo tuve el privilegio de costearme mi carrera deportiva durante los años que estuve en activo. Cuando me retiré, me tuve que reinventar para ganarme la vida en la segunda parte de mi biografía.
P. ¿Los deportistas nacen y mueren dos veces?
R. Sí, es algo que se dice mucho y es verdad. Con 33 años me retiré y me tuve que reinventar. Esto lo he contado muchas veces porque le puede servir de inspiración a gente. Cuando es nuestro momento de empezar, tus compañeros de colegio te llevan diez años de ventaja y no pasa nada. Todo acaba sumando porque las experiencias por las que has pasado han sido positivas.
P. ¿Cómo llevó que la edad de retirada deportiva esté tan despegada de la edad civil de jubilación?
R. Con mucho más vértigo porque una persona normalmente se jubila cerca de los 70 años con una vida consolidada a nivel profesional, económico y familiar. Tú, sin embargo, estás pasando por ese mismo trance sin una vida consolidada. Esa es la gran diferencia. Cuando hablas con los psicólogos muchos te dirán que es uno de los momentos más difíciles para cualquier persona porque pasan de tener un objetivo a no tenerlo. Una persona sin objetivo es un barco sin timón.
P. ¿Podría haber ampliado un poco más su carrera?
R. Sí, físicamente estaba en condiciones de llegar a Sídney 2000 y no sé si a alguna edición más. Es cierto que, en aquella época, te miraban como si estuvieses acabado cuando pasabas los 30 años. Yo me quedé sin beca porque quedé novena en el Mundial y, por coherencia, no acepté una beca a título personal. Había pedido un cambio en el sistema y que no se tuviera en cuenta en exclusiva el rendimiento del último año, que también valoraran la trayectoria. Un mal año no quiere decir que estés acabado.
P. Usted fue eurodiputada. ¿Cómo consiguió salir de la política?
R. Entré por invitación. El deporte iba a formar parte de las instituciones comunitarias y el Partido Popular me llamó para ofrecerme un puesto en sus listas e ir a trabajar en la Unión Europea. Me chocó muchísimo cuando me lo ofrecieron. Pero llevaba tantos años pidiendo cambios que, cuando me dieron la posibilidad de trabajar por ello, no pude decirles que no. Entré, pero puse fecha de salida: una legislatura. Tenía una hoja de ruta y fui rotunda: si conseguíamos el 85% de los objetivos no me repetiría en la lista y eso hice.
P. ¿No estuvo tentada de continuar?
R. Cuando entré no pensaba que me iba a gustar tanto, porque luego fue realmente apasionante. La política es que cada uno venga de un ámbito y dé su opinión. Por ejemplo, que entraras tú en una reunión y opinaras sobre temas de comunicación porque tienes bagaje en la materia. La política debe nutrirse de profesionales con experiencias diversas para hacer un servicio a la sociedad. Si me quedaba muchos años, no iban a entrar otras personas a aportar su experiencia.
P. Se me pasó preguntarle por el oro de Atlanta 1996. ¿La sensación fue la misma que en Barcelona?
R. Nada puede ser igual que Barcelona porque fue mágico y estábamos en casa. Nosotras ganamos en un puerto cuya construcción habíamos visto y que casi considerábamos nuestro. Al margen de esto, Atlanta fue muy emotivo. Ganar un oro olímpico, no solo es la emoción de la victoria, es la satisfacción de mirar atrás y ver que todo el trabajo ha dado sus frutos. Eso es muy grande.
P. ¿Tenía la misma confianza en ganarla que en Barcelona?
R. Tenía mucha confianza en ganarla, igual que en 1992. En esos cuatro años entre una edición y otra, ganamos el Mundial y el Europeo. Éramos una de las favoritas.
P. ¿Qué tal llevó el cambio de pareja?
R. Muy bien porque me lo pusieron fácil. Al principio me supo muy mal que Patricia decidiera un cambio de rumbo en su vida, aunque lo comprendía perfectamente porque yo habría hecho lo mismo en su situación. Empecé a navegar con Begoña y lo hice con la ilusión de ir acompañándola y enseñándola para llevarla desde donde estaba al nivel más alto posible.
P. Los deportes minoritarios están olvidados durante cuatro años. ¿Verdadero o falso?
R. Verdadero. Pero verdadero al 100%.
P. Usted fue vicepresidenta del COE. ¿Nunca se planteó presidirlo?
R. No es que nunca me lo planteara. Si llega a haber unas elecciones abiertas, posiblemente me habría planteado presentar una candidatura. Tras salir del COE, al poco tiempo, hubo un cambio de estatus que me inhabilitara para presentarme en el caso de que hubiera querido. Contra un imposible no iba a dedicar mi tiempo.
P. ¿España aprovecha los kilómetros de litoral que tiene?
R. No, para nada. Si sumamos los kilómetros de litoral tanto interiores como exteriores, sumados a la climatología que tenemos, lo normal es que todos los niños que estén relativamente cerca de la costa hagan vela como deporte escolar, igual que en Francia. Eso fomenta un deporte y fomenta la industria que va ligada. En definitiva, es empleo, riqueza y muchas cosas que ojalá trabajásemos más en España.
P. ¿Encontraremos solución para el mar?
R. Confío en que sí, porque, de lo contrario, no sé dónde vamos a ir. Nos vamos a extinguir como especie y cada vez se habla más del tema. Muchas personas no son conscientes de la importancia del mar en este planeta en el que vivimos. El planeta va a seguir viviendo sin nosotros, pero nosotros no viviremos sin el océano.
Rafa La Casa
EL CONFIDENCIAL