Antes de cada regata, anudarme el pañuelo en la cabeza era mi señal de salida.
Eso si, para las regatas importantes, no podía ser uno cualquiera:
Me ayudaba:
Al ponérmelo, todo se alineaba.
Era mi forma de recordarme que estaba lista, que llevaba conmigo la fuerza de quien me lo regaló y la determinación de quien sabe que ha llegado su momento.
Porque a veces la confianza no se grita: se anuda.